Buceando en Koh Tao (Tailandia) con Pura Vida

¿No os ha pasado nunca que os apuntáis a algo sin muchas ganas y seguros de que no os va a gustar y luego todo cambia? A mí me pasó algo parecido en Koh Tao. Yo no quería bucear. Nunca me había llamado el buceo, no le veía la gracia a eso de sumergirte a tantos metros simplemente para ver peces. Peces que, en general, no hacen nada y pasan de ti, pero que en el peor de los casos (en el peor, peor, peor y quizás poco probable) podían hasta matarte (¡cuánto daño ha hecho la películo de Tiburón!). En fin, yo no quería bucear hasta que llegué a Koh Tao y conocí a los chic@s de Pura Vida.

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7 + 1 calas de Ibiza que no debes perderte

Depués del post anterior en el que os contaba algunas cosas que debéis saber si planeais un viaje a Ibiza, no quería que quedara como que Ibiza es una isla cara y nada más. Ibiza tiene muchos atractivos para ir a visitarla, y entre ellos, mención especial merecen sus calas. En los 5 días que estuvimos, uno nos fuimos a Formentera, pero los 4 restantes los dedicamos a tirarnos al sol en todas las calas que nos dio tiempo y a coleccionar atardeceres. ¿Quieres saber cuáles son esas calas? Aquí tienes nuestro secreto 😉
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Isla de Bazaruto (Día 5)

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El hostel

Amanecemos por fin en Vilankulos. Todo lo que al llegar de noche no habíamos sido capaces de percibir lo descubrimos ahora. El lugar donde nos estábamos quedando es el Baobab Beach Backpackers, situado pasando el pueblo de Vilankulos a pie de playa. Por 10 €/noche dormimos en cabañas de caña con baño compartido y cocina también compartida.

Íbamos a pasar un día completo en Vilankulos, y queríamos aprovecharlo para visitar el archipiélago de Bazaruto que está formado por seis islas diferentes y presidido por la isla de Bazaruto, y que forman un parque nacional que todo el que pase por aquí debe visitar. Nuestra primera idea era contactar con algún pescador local que nos acercara a las islas en su barca de vela. Sin embargo, por practicidad tuvimos que dejar de lado esa idea. No sabíamos si encontraríamos a alguien que nos acercara, ni cuánto tiempo tardaríamos en encontrarlo y siendo los días tan cortos en invierno no podíamos perder 3 horas en ir y otras tantas en volver…

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Así que al final nos fuimos con un viaje organizado, que por 4500 meticaes (60 €) te ofrecían lo siguiente: viaje de ida y vuelta a Bazaruto en barca a motor, pasar el día en Bazaruto, snorkle en el arrecife de coral a 20 minutos de la isla y comida de pescado a la brasa en Bazaruto. Y así empezamos el día.

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Bazaruto, ¡allá vamos!

Son las 11 de la mañana cuando llegamos. El Sol ya está lo suficientemente alto. La arena quema pero te descalzas igual para sentirla entre los dedos. Está seca y los granos son más gordos y amarillos que los que acostumbras a ver en las playas. Si miras hacia atrás ves las huellas que dejas en el manto de arena limpio, sabiendo que esta vez no las borrará ninguna ola, solo el viento. Si miras hacia arriba, solo ves la duna, y por momentos puedes creerte dentro de algún desierto. Luego miras a los lados y ves el mar y se te pasa, vuelves a estar en Bazaruto.

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Tras un corto ascenso, tal vez de 20 minutos, llegas a lo alto de la duna, y lo que ves allí te sorprende. La cara de la duna por la que estabas subiendo termina en un vértice perfecto, como si todas las noches alguien se encargara de dejarlo preparado, pulido y perfecto para el siguiente día. Tras el vértice, la caída es mucho más pronunciada, mucho más vertical. Y cae directa sobre un bosque de árboles que parecen nacer de la misma arena, y que se extiende por todo el resto de la isla.

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Lo primero que hacer nada más llegar a arriba de la duna y ver la pendiente es, efectivamente, la croqueta. Bajar rodando y rebozándote de arena hasta que te frenas. La bajada es divertida, la subida ya no tanto. Las vistas una vez arriba y hacia el otro lado vuelven a ser preciosas. La duna desciende hast ala playa, y a partir de ahí casi todo es mar. Y digo casi, porque la marea baja hace que aquí y allí aparezcan bancales de arena, pequeñas playas rodeadas completamente por el agua, que hacen que la tonalidad azul oscura del mar varíe hasta adoptar tonos turquesa.

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¡Croqueta va!

Pero no solo se ve eso, a lo lejos puedes ver otra de las islas del archipiélago y, en el horizonte, una zona con muchas espuma y aguas revueltas. Esa zona, descubriremos lugo que se trata del lugar donde vamos a hacer snorkle.

Te quedarías más tiempo ahí arriba, pero el sol pica, el tiempo corre y abajo ves una isla-playa que ha quedado al descubierto por la marea y que quieres probar antes de abandonar el paraíso. Así que decides bajar, no sin antes pararte un minuto a memorizar y saborear este instante, el lugar donde te encuentras y la sensación de libertad que te invade. Comienza el descenso.

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Tu isla-playa

Llegas por fin a la franja de agua que te separa de la isla-playa. Un pie, otro pie… ¡qué fría está el agua! Maldices sobre todo cuando te llega a la altura del ombligo, pero ya estás a mitad camino. Y consigues llegar (no era muy difícil) y te vuelves a bañar, ahora del todo, y te tumbas a dejarte secar por el sol en el centro de la isla. Ahora la arena no está seca, y además es mucho más blanca y fina. Te gusta tu isla.

Dejas pasar el tiempo hasta que te toca volver con los guías, que han sujetado una tela con cuatro palos y conseguido una zona de sombra. Es el momento del snorkle en el arrecife. La gente está emocionada, pero la verdad es que tú no eres muy aficionada a bucear y ver los peces en su entorno. Siempre has pensado que los bichos del mar no te atraen, además la película de Tiburón te marcó y cuando te sumerges a bucear en el mar, lo haces con la tensión contínua de que en cualquier momento aparecerá un tiburón… o aún peor (y más probable), medusas.

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La jaima

Pero como nunca has estado en un lugar como este y es posible que bucear en un arrecife no sea igual que hacerlo en la playa de Valencia, coges el equipo con resignación y te subes a la barca. Eso sí, no sin antes dejar claro que a la zona de tiburones no vas ni loca. Bueno, por todo eso y también porque tus amigos te obligan y no te dejan quedarte en tierra.

De camino al arrecife pasas por una zona que los guías han bautizado como la lavadora, un lugar donde las corrientes del océano se juntan con el mar y está llena de remolinos que producen olas de manera que la barca sigue avanzando, pero lo hace de salto en salto.

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La espuma que se nora ligeramente al fondo a la izquierda es la lavadora.

Llegas por fin al lugar donde saltar y ‘disfrutar del fondo marino’, aunque tú sigues pensando que más bien es ‘el matadero’. Así que, de nuevo con resignación, saltas de la barca para unirte al resto de tubos que asoman en el mar. Al principio te cuesta adaptarte a respirar solo con la boca, pero cuando lo consigues y miras hacia abajo… ¡Ay cuando miras hacia abajo! En ese instante entiendes por qué, a pesar de todas las películas de Tiburón habidas y por haber, aún hay tantos aficionados al snorkle.

Cuando te sumerges ves cómo un bosque infinito de corales color granate cubre todo el fondo marino. Y entre ellos nadan peces de todos los colores y tamaños. Allí está Dory (el pez de ‘Buscando a Nemo’), allí estrellas de mar de un azul eléctrico, ¡hasta vimos una tortuga!

Cuando se pasan los 40 minutos toca volver a la barca que nos llevará de nuevo a Bazaruto a comer. Estás cansada y comes el pescado a la brasa como si fuera uno de los mejores manjares que has probado nunca. Y, para no perder la tradición, te echas a hacer la digestión disfrutando de una buena siesta en el paraíso hasta que llega la hora de volver a Vilankulos. Así se acaba tu breve paso por el paraíso, y te despides pensando: ojalá nos volvamos a encontrar, Bazaruto.

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Vistas durante la comida.

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¡Hasta la próxima amigos!

Playa de Tofo (Día 3)

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Tercer día de vacaciones en Mozambique (¡y los que nos quedaban todavía!). Amanecimos en Tofo, en las cabañas, y la agenda del día se presentaba bastante completa: primero playa, luego comida en casa de Maria Angelina (una mozambiqueña), en el campo, y para terminar de rematar asado argentino de vuelta en las cabañas. ¿Acaso podíamos pedir algo más? Bueno sí, tal vez tener a mano un buen protector de estómago para ayudar a digerir todo lo que nos esperaba…

Antes de hablar y enseñar las fotos de la playa de Tofo, mención aparte se merece el lugar donde nos estuvimos quedando a dormir. Nuestro campamento base durante estos dos días eran unas cabañas de cañas en el campo, que gestionaba más o menos un amigo de nuestros anfitriones. Se trataba de una gran parcela llena de palmeras, donde había desperdigadas unas 4 o 5 cabañas que, en algún momento de su historia, habían formado parte de una guardería. Una de ellas había sido reformada por dentro y adaptada para poder escaparse allí los fines de semana sin perder comodidad,. Otra era el baño (con taza de WC y ducha de agua eléctrica, un gran avance frente a la letrina y la ducha con el cazo XD), y las otras tres eran cabañas aún por reformar en las que bastaba un colchón en el suelo y la mosquitera para poder estar sin problemas. Despertar por la mañana con la luz del sol y el viento colándose entre las cañas, abrir la puerta y verte en un lugar como el de la foto, era un lujo al que podías acostumbrarte rápidamente. (Aunque sé de una amiga mía que no compartirá mi definición de lujo XD)

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Cabañas de Tofo
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Nuestra habitación en Tofo

Después de la ducha, pusimos rumbo a la playa. El día no había salido muy bueno, pero eso no quitaba encanto a la playa, como podéis ver en las fotos. Tras pasear, bañarnos, intentar tomar el sol y tragar arena por culpa del viento decidimos poner rumbo a casa de María Angelina.

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Playa de Tofo

María Angelina es una mujer mozambiqueña que pertenece a una asociación que trabaja por los derechos de la mujer, los niños y la tierra, allí en Mozambique. Desde hace cuatro años vive en una casa de ladrillo y cemento perdida en medio del campo que enseña orgullosa, ya que ha sido fruto de los ahorros suyos y de su marido, y de su trabajo duro. Para llegar a la casa, en algún momento entre Tofo e Inhambane, hay que salirse de la carretera y seguir por un camino de tierra que se intuye entre las palmeras. Justo en el punto donde debíamos abandonar la carretera, nos esperaba ella.

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Más cabañas de Tofo

Su orgullo, y así lo decía, es poder vivir con su marido y sus hijos, con su huerta y con sus animales. Escuchándola hablar de su casa era como escuchar a mis abuelos cuando hablaban de su vida en el pueblo donde se crecieron allá en los años 40. María Angelina y Fernando (su marido) no son ricos, ni tampoco tienen mucho dinero, tampoco hay un camino asfaltado que llegue hasta su casa, y si quieren desplazarse no les queda más remedio que ir a pie o cogerse un chapas una vez alcanzada la carretera, pero tienen tantas otras cosas… Nos enseñaban con orgullo su huerto, sus plantas, ‘en las que -decían- se puede confiar más que en muchas personas porque si les das amor, ellas crecen y te lo devuelven’.

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Huerta de Maria Angelina

Tienen su huerto para cosechar comida, y lo que no producen saben que siempre pueden conseguirlo en la ciudad. También tienen animales: cerdos, pavos, patos, gallinas… Y durante unos minutos al día tienen también al Sol, que se pone por detrás de las palmeras dotando al cielo de colores increíbles. Y tienen una terraza con sillas desde donde disfrutarlo. También tienen la brisa que les trae el mar, ese que saben que está un poco más allá de las palmeras, pero que visitan poco. Y por tener, tienen también el tiempo.

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Rallador de mandioca y pavos

Fernando nos hablaba con orgullo de cómo cada mañana él, al despertar, lo primero que hacía era bajar a ver sus plantas y sus animales, y así cargarse de energía para ir a trabajar. A la vuelta volvía a repetir el mismo ritual, para acabar sentado a disfrutar de ese atardecer que era solo suyo. ¡Qué envidia da encontrarse con gente así! Escuchándoles hablar, ¡quién no querría abandonarlo todo y buscar la felicidad y la tranquilidad en un lugar como ese! Aunque, pensándolo bien, no sé yo si mi espíritu urbanita (o el de Carlos) sería capaz de aguantar un mes entero en un lugar tan aislado.

Pero bueno, volvamos a la comida, que aún quedaba mucho día por delante. Allí, cuando te invitan a comer en calidad de invitado tienes que seguir una norma muy importante: ‘No hacer nada’. Los tiempos de las cosas los marca el anfitrión, tú solo debes sentarte y disfrutar. Una recomendación si recibís una invitación así,es que os arméis de paciencia porque una comida programada a la 13:00, es más que probable que no empiece hasta las 15:00.

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Casa de Maria Angelina

Al llegar, lo primero que hicimos fue un tour por la casa, donde nos enseñó su huerto con mandioca, que sale de la raíz de un pequeño árbol, y nos eneñó cómo cogerla, cómo comerla (estaba bien rica) y cómo hacer harina a partir de ella. Después fuimos a ver los animales, y mientras todo esto ocurría, eran sus hijos de 12, 14 y 16 años, los que se encargaban de preparar la comida. María, la pequeña de 3 años, era la gran mimada de la casa y una vez perdió la vergüenza con nosotros, los mulungus (así nos dicen a los blancos), no dejaba de jugar y de pedir fotos.

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La pequeña María

Y así, llegamos a la hora ya de comer. Nosotros habíamos llevado para la comida productos típicos de España (jamón serrano, lomo embuchado, queso curado y queso azul) pensando que les encantaría, pero no tuvieron mucho éxito. El queso azul no quisieron ni probarlo (¡pero si tiene moho! – decían y se partían), y el jamón, el lomo y el queso, pues sí, estaba rico, pero nada del otro mundo. Y entre el intercambio de sabores, lo mejor era la risa, todos reían mucho, siempre y aunque te estuvieran hablando de cosas tristes.

El menú que prepararon tenía de todo. Tenía porco, matapa, pescado en escabeche, sardinas, ensalada, arroz y xima, que son como una especie de gachas que utilizan para acompañar todos los platos. El plato estrella fue la matapa, un plato hecho a base de cangrejo y mezclado con otros ingredientes. El color es bastante feo, pero si te gusta el cangrejo te encantará. A mí no me gustaba el cangrejo, así que no triunfó mucho para mí.

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Playa de Tofo

Y así, la comida se alargó hasta que se hizo de noche (recordad que allí anochece a las 17:30 en invierno) y tuvimos que poner rumbo a la siguiente cita gastronómica: el asado argentino en las cabañas… Os podéis hacer una idea de cómo terminó el día, ¿no?

¡Gracias por leer! En el siguiente post nos espera el día 4 de la aventura, salimos de Todo poniendo rumbo a Vilankulos, un paraíso con todas sus letras. ¡Suscríbete para estar al tanto cuando se publique!

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Zanzíbar (Tanzania) con Diseños por el Mundo

zanzibarAquí llega mi segunda y, desgraciadamente, también mi última participación en este encuentro mensual de ‘Diseños por el mundo’. Resulta que justo cuando acababa de descubrir esta dinámica tan divertida, coincide con su final. Y se despide a lo grande, trasladándonos a un archipiélago de playas paradisíacas y clima suave todo el año. ¡Agárrense fuerte porque nos vamos a… (redoble de tambores) Zanzíbar! =)

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