Safari Low Cost: Parque Kruger

Irte de safari no estaba en tu lista de planes que hacer antes de los 30. Pensabas que era algo para lo que no había prisa. Tampoco es que sea yo muy fan de ver animales’– pensabas de manera ilusa, mientras comparabas un safari con un zoológico, pero más logrado. Y, la verdad, es que no sabes si tu visita al Parque Kruger puede ser calificada como safari. Sin embargo, lo que sí que tienes claro es que te encantó y lo recomendarías a todo el mundo sin excepción. Quién te iba a decir a ti que no se te iba a hacer largo pasar todo el día dentro de un coche, de sol a sol, buscando un león porque era el último de los 5 grandes (big five) que te quedaba por ver. Continue reading “Safari Low Cost: Parque Kruger”

Las casas rojas de Mozambique.

Aquí y allá, a lo largo de los más de 600 km que llevas recorridos siempre te llama la atención lo mismo: las casas rojas. Y es que bien sea al borde de la carretera o aisladas entre la maleza, siempre destaca una casa roja recién pintada, sólo las rojas. Hay casas azules, amarillas, grises sin pintar… pero todas andan bastante descoloridas, únicamente las rojas resisten. Continue reading “Las casas rojas de Mozambique.”

Quissico (Día 6)

Habrías alargado tu estancia en Vilankulos dos o tres días más, pero eso implicaría renunciar a visitar el Parque Kruger y ya que estás ahí, quieres verlo todo. El despertador suena a las 7:00, te levantas y aún con sueño, te diriges cual zombi hacia la playa. Quieres saborear los últimos instantes en Vilankulos, donde no sabes si volverás alguna vez. Y los saboreas a solas. Continue reading “Quissico (Día 6)”

Isla de Bazaruto (Día 5)

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El hostel

Amanecemos por fin en Vilankulos. Todo lo que al llegar de noche no habíamos sido capaces de percibir lo descubrimos ahora. El lugar donde nos estábamos quedando es el Baobab Beach Backpackers, situado pasando el pueblo de Vilankulos a pie de playa. Por 10 €/noche dormimos en cabañas de caña con baño compartido y cocina también compartida.

Íbamos a pasar un día completo en Vilankulos, y queríamos aprovecharlo para visitar el archipiélago de Bazaruto que está formado por seis islas diferentes y presidido por la isla de Bazaruto, y que forman un parque nacional que todo el que pase por aquí debe visitar. Nuestra primera idea era contactar con algún pescador local que nos acercara a las islas en su barca de vela. Sin embargo, por practicidad tuvimos que dejar de lado esa idea. No sabíamos si encontraríamos a alguien que nos acercara, ni cuánto tiempo tardaríamos en encontrarlo y siendo los días tan cortos en invierno no podíamos perder 3 horas en ir y otras tantas en volver…

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Así que al final nos fuimos con un viaje organizado, que por 4500 meticaes (60 €) te ofrecían lo siguiente: viaje de ida y vuelta a Bazaruto en barca a motor, pasar el día en Bazaruto, snorkle en el arrecife de coral a 20 minutos de la isla y comida de pescado a la brasa en Bazaruto. Y así empezamos el día.

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Bazaruto, ¡allá vamos!

Son las 11 de la mañana cuando llegamos. El Sol ya está lo suficientemente alto. La arena quema pero te descalzas igual para sentirla entre los dedos. Está seca y los granos son más gordos y amarillos que los que acostumbras a ver en las playas. Si miras hacia atrás ves las huellas que dejas en el manto de arena limpio, sabiendo que esta vez no las borrará ninguna ola, solo el viento. Si miras hacia arriba, solo ves la duna, y por momentos puedes creerte dentro de algún desierto. Luego miras a los lados y ves el mar y se te pasa, vuelves a estar en Bazaruto.

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Tras un corto ascenso, tal vez de 20 minutos, llegas a lo alto de la duna, y lo que ves allí te sorprende. La cara de la duna por la que estabas subiendo termina en un vértice perfecto, como si todas las noches alguien se encargara de dejarlo preparado, pulido y perfecto para el siguiente día. Tras el vértice, la caída es mucho más pronunciada, mucho más vertical. Y cae directa sobre un bosque de árboles que parecen nacer de la misma arena, y que se extiende por todo el resto de la isla.

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Lo primero que hacer nada más llegar a arriba de la duna y ver la pendiente es, efectivamente, la croqueta. Bajar rodando y rebozándote de arena hasta que te frenas. La bajada es divertida, la subida ya no tanto. Las vistas una vez arriba y hacia el otro lado vuelven a ser preciosas. La duna desciende hast ala playa, y a partir de ahí casi todo es mar. Y digo casi, porque la marea baja hace que aquí y allí aparezcan bancales de arena, pequeñas playas rodeadas completamente por el agua, que hacen que la tonalidad azul oscura del mar varíe hasta adoptar tonos turquesa.

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¡Croqueta va!

Pero no solo se ve eso, a lo lejos puedes ver otra de las islas del archipiélago y, en el horizonte, una zona con muchas espuma y aguas revueltas. Esa zona, descubriremos lugo que se trata del lugar donde vamos a hacer snorkle.

Te quedarías más tiempo ahí arriba, pero el sol pica, el tiempo corre y abajo ves una isla-playa que ha quedado al descubierto por la marea y que quieres probar antes de abandonar el paraíso. Así que decides bajar, no sin antes pararte un minuto a memorizar y saborear este instante, el lugar donde te encuentras y la sensación de libertad que te invade. Comienza el descenso.

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Tu isla-playa

Llegas por fin a la franja de agua que te separa de la isla-playa. Un pie, otro pie… ¡qué fría está el agua! Maldices sobre todo cuando te llega a la altura del ombligo, pero ya estás a mitad camino. Y consigues llegar (no era muy difícil) y te vuelves a bañar, ahora del todo, y te tumbas a dejarte secar por el sol en el centro de la isla. Ahora la arena no está seca, y además es mucho más blanca y fina. Te gusta tu isla.

Dejas pasar el tiempo hasta que te toca volver con los guías, que han sujetado una tela con cuatro palos y conseguido una zona de sombra. Es el momento del snorkle en el arrecife. La gente está emocionada, pero la verdad es que tú no eres muy aficionada a bucear y ver los peces en su entorno. Siempre has pensado que los bichos del mar no te atraen, además la película de Tiburón te marcó y cuando te sumerges a bucear en el mar, lo haces con la tensión contínua de que en cualquier momento aparecerá un tiburón… o aún peor (y más probable), medusas.

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La jaima

Pero como nunca has estado en un lugar como este y es posible que bucear en un arrecife no sea igual que hacerlo en la playa de Valencia, coges el equipo con resignación y te subes a la barca. Eso sí, no sin antes dejar claro que a la zona de tiburones no vas ni loca. Bueno, por todo eso y también porque tus amigos te obligan y no te dejan quedarte en tierra.

De camino al arrecife pasas por una zona que los guías han bautizado como la lavadora, un lugar donde las corrientes del océano se juntan con el mar y está llena de remolinos que producen olas de manera que la barca sigue avanzando, pero lo hace de salto en salto.

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La espuma que se nora ligeramente al fondo a la izquierda es la lavadora.

Llegas por fin al lugar donde saltar y ‘disfrutar del fondo marino’, aunque tú sigues pensando que más bien es ‘el matadero’. Así que, de nuevo con resignación, saltas de la barca para unirte al resto de tubos que asoman en el mar. Al principio te cuesta adaptarte a respirar solo con la boca, pero cuando lo consigues y miras hacia abajo… ¡Ay cuando miras hacia abajo! En ese instante entiendes por qué, a pesar de todas las películas de Tiburón habidas y por haber, aún hay tantos aficionados al snorkle.

Cuando te sumerges ves cómo un bosque infinito de corales color granate cubre todo el fondo marino. Y entre ellos nadan peces de todos los colores y tamaños. Allí está Dory (el pez de ‘Buscando a Nemo’), allí estrellas de mar de un azul eléctrico, ¡hasta vimos una tortuga!

Cuando se pasan los 40 minutos toca volver a la barca que nos llevará de nuevo a Bazaruto a comer. Estás cansada y comes el pescado a la brasa como si fuera uno de los mejores manjares que has probado nunca. Y, para no perder la tradición, te echas a hacer la digestión disfrutando de una buena siesta en el paraíso hasta que llega la hora de volver a Vilankulos. Así se acaba tu breve paso por el paraíso, y te despides pensando: ojalá nos volvamos a encontrar, Bazaruto.

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Vistas durante la comida.

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¡Hasta la próxima amigos!

Rumbo a Vilankulos (Día 4)

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Llegó el momento de abandonar Tofo y poner rumbo a un nuevo destino. Amanecimos por última vez en las cabañas de Tofo para acabar durmiendo en la playa de Vilankulos, 315 km más al norte de donde nos encontrábamos. Aquí en España, calcularíamos que Vilankulos se encuentra a unas 4 horas como mucho de Tofo, pero en Mozambique las distancias cambian. El estado de las carreteras y que nos tocara hacer bastantes horas de noche, hizo que tardáramos entre 5 y 6 horas en llegar a nuestro destino. Pero vayamos por partes.

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Como decía, volvimos a amanecer en nuestra cabaña, con los rayos de sol colándose entre las cañas y el viento susurrando. Antes de irnos, algunos querían darle una última oportunidad al tiburón ballena, así que decidimos pasar la mañana en la playa de Tofo. Y es que, Tofo es un lugar estratégico desde donde se puede ver el tiburón ballena, y muchas agencias lo saben.

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El tiburón ballena es uno de los peces más grandes que existen. Puede llegar a alcanzar 14 m de largo y pesar 20 toneladas.  A pesar de ser un tiburón, es totalmente inofensivo para los seres humanos (o eso dicen). Lo más bonito es su piel, llena de lunares blancos y líneas horizontales y verticales. Cuenta la leyenda que poco después de crear al tiburón ballena, Dios y los ángeles colocaron monedas de oro y plata en la espalda del animal en honor a su belleza, y de ahí que se quedara su piel de esa manera. Quién sabe, en cierta manera, con los tours para ver a este animal aún hoy seguimos echando monedas sobre la piel del tiburón ballena, ¿no?

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Fuente

En Tofo, hay muchas agencias que por unos 1500 meticaes (37.5 €) te ofrecen nadar con el tiburón ballena. El trato es el siguiente, durante dos horas se está a bordo de una lancha en busca del tiburón, y en el momento en que se ve todo el mundo se lanza al agua para poder acercarse y nadar con él.

Consejo: intentad hacer el tour un día soleado ya que, para encontrar al tiburóno ballena los guías lo identifican según la sombra que deja en el fondo del mar, y en días nublados ver esa sombra está complicado.

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Cuando nosotros estuvimos, estaba nublado y algunos se apuntaron a ver si conseguían ver el tiburón ballena. Lo único que vieron fue un mar muy revuelto y volver mareados a la orilla. Depués de todo esto, pusimos ya rumbo a Vilankulos donde llegaríamos de noche. El camino a Vilankulos es el mismo que el que veíamos cuando íbamos de Maputo a Inhambane, excepto por una particularidad. Tiene un tramo de la carretera donde te alertan sobre cierto peligro de que se te cruce un animal por la carretera, ¿os imagináis de qué animal se trata? Mirad la foto 😉

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¡Cuidado elefantes!

También, esa noche tuvimos nuestro primer encuentro con la policía, que nos paró diciendo que íbamos a 120 km/h en una zona de 60 km/h (algo que no era cierto), y que nos tenían que multar. Tras decirles que era imposible que nos enseñaran la foto del radar, sin nada más nos dejaron seguir adelante. Primer control superado.

Y llegamos por fin a la playa de Vilankulos, donde fuimos directos al Baobab Beach Backpackers con la emoción de que no sabríamos cómo era todo a nuestro alrededor hasta la mañana siguiente. Llegar de noche y despertarte en ese lugar es altamente recomendable, pero para ver el sitio donde amanecimos tendréis que hacer como nosotros: esperar, en vuestro caso, al siguiente post. Por ahora, aquí va un adelanto. ¡Próximamente Vilankulos e Isla Bazaruto! ¡Un paraíso!

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Hogar dulce hogar.

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Playa de Tofo (Día 3)

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Tercer día de vacaciones en Mozambique (¡y los que nos quedaban todavía!). Amanecimos en Tofo, en las cabañas, y la agenda del día se presentaba bastante completa: primero playa, luego comida en casa de Maria Angelina (una mozambiqueña), en el campo, y para terminar de rematar asado argentino de vuelta en las cabañas. ¿Acaso podíamos pedir algo más? Bueno sí, tal vez tener a mano un buen protector de estómago para ayudar a digerir todo lo que nos esperaba…

Antes de hablar y enseñar las fotos de la playa de Tofo, mención aparte se merece el lugar donde nos estuvimos quedando a dormir. Nuestro campamento base durante estos dos días eran unas cabañas de cañas en el campo, que gestionaba más o menos un amigo de nuestros anfitriones. Se trataba de una gran parcela llena de palmeras, donde había desperdigadas unas 4 o 5 cabañas que, en algún momento de su historia, habían formado parte de una guardería. Una de ellas había sido reformada por dentro y adaptada para poder escaparse allí los fines de semana sin perder comodidad,. Otra era el baño (con taza de WC y ducha de agua eléctrica, un gran avance frente a la letrina y la ducha con el cazo XD), y las otras tres eran cabañas aún por reformar en las que bastaba un colchón en el suelo y la mosquitera para poder estar sin problemas. Despertar por la mañana con la luz del sol y el viento colándose entre las cañas, abrir la puerta y verte en un lugar como el de la foto, era un lujo al que podías acostumbrarte rápidamente. (Aunque sé de una amiga mía que no compartirá mi definición de lujo XD)

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Cabañas de Tofo
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Nuestra habitación en Tofo

Después de la ducha, pusimos rumbo a la playa. El día no había salido muy bueno, pero eso no quitaba encanto a la playa, como podéis ver en las fotos. Tras pasear, bañarnos, intentar tomar el sol y tragar arena por culpa del viento decidimos poner rumbo a casa de María Angelina.

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Playa de Tofo

María Angelina es una mujer mozambiqueña que pertenece a una asociación que trabaja por los derechos de la mujer, los niños y la tierra, allí en Mozambique. Desde hace cuatro años vive en una casa de ladrillo y cemento perdida en medio del campo que enseña orgullosa, ya que ha sido fruto de los ahorros suyos y de su marido, y de su trabajo duro. Para llegar a la casa, en algún momento entre Tofo e Inhambane, hay que salirse de la carretera y seguir por un camino de tierra que se intuye entre las palmeras. Justo en el punto donde debíamos abandonar la carretera, nos esperaba ella.

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Más cabañas de Tofo

Su orgullo, y así lo decía, es poder vivir con su marido y sus hijos, con su huerta y con sus animales. Escuchándola hablar de su casa era como escuchar a mis abuelos cuando hablaban de su vida en el pueblo donde se crecieron allá en los años 40. María Angelina y Fernando (su marido) no son ricos, ni tampoco tienen mucho dinero, tampoco hay un camino asfaltado que llegue hasta su casa, y si quieren desplazarse no les queda más remedio que ir a pie o cogerse un chapas una vez alcanzada la carretera, pero tienen tantas otras cosas… Nos enseñaban con orgullo su huerto, sus plantas, ‘en las que -decían- se puede confiar más que en muchas personas porque si les das amor, ellas crecen y te lo devuelven’.

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Huerta de Maria Angelina

Tienen su huerto para cosechar comida, y lo que no producen saben que siempre pueden conseguirlo en la ciudad. También tienen animales: cerdos, pavos, patos, gallinas… Y durante unos minutos al día tienen también al Sol, que se pone por detrás de las palmeras dotando al cielo de colores increíbles. Y tienen una terraza con sillas desde donde disfrutarlo. También tienen la brisa que les trae el mar, ese que saben que está un poco más allá de las palmeras, pero que visitan poco. Y por tener, tienen también el tiempo.

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Rallador de mandioca y pavos

Fernando nos hablaba con orgullo de cómo cada mañana él, al despertar, lo primero que hacía era bajar a ver sus plantas y sus animales, y así cargarse de energía para ir a trabajar. A la vuelta volvía a repetir el mismo ritual, para acabar sentado a disfrutar de ese atardecer que era solo suyo. ¡Qué envidia da encontrarse con gente así! Escuchándoles hablar, ¡quién no querría abandonarlo todo y buscar la felicidad y la tranquilidad en un lugar como ese! Aunque, pensándolo bien, no sé yo si mi espíritu urbanita (o el de Carlos) sería capaz de aguantar un mes entero en un lugar tan aislado.

Pero bueno, volvamos a la comida, que aún quedaba mucho día por delante. Allí, cuando te invitan a comer en calidad de invitado tienes que seguir una norma muy importante: ‘No hacer nada’. Los tiempos de las cosas los marca el anfitrión, tú solo debes sentarte y disfrutar. Una recomendación si recibís una invitación así,es que os arméis de paciencia porque una comida programada a la 13:00, es más que probable que no empiece hasta las 15:00.

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Casa de Maria Angelina

Al llegar, lo primero que hicimos fue un tour por la casa, donde nos enseñó su huerto con mandioca, que sale de la raíz de un pequeño árbol, y nos eneñó cómo cogerla, cómo comerla (estaba bien rica) y cómo hacer harina a partir de ella. Después fuimos a ver los animales, y mientras todo esto ocurría, eran sus hijos de 12, 14 y 16 años, los que se encargaban de preparar la comida. María, la pequeña de 3 años, era la gran mimada de la casa y una vez perdió la vergüenza con nosotros, los mulungus (así nos dicen a los blancos), no dejaba de jugar y de pedir fotos.

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La pequeña María

Y así, llegamos a la hora ya de comer. Nosotros habíamos llevado para la comida productos típicos de España (jamón serrano, lomo embuchado, queso curado y queso azul) pensando que les encantaría, pero no tuvieron mucho éxito. El queso azul no quisieron ni probarlo (¡pero si tiene moho! – decían y se partían), y el jamón, el lomo y el queso, pues sí, estaba rico, pero nada del otro mundo. Y entre el intercambio de sabores, lo mejor era la risa, todos reían mucho, siempre y aunque te estuvieran hablando de cosas tristes.

El menú que prepararon tenía de todo. Tenía porco, matapa, pescado en escabeche, sardinas, ensalada, arroz y xima, que son como una especie de gachas que utilizan para acompañar todos los platos. El plato estrella fue la matapa, un plato hecho a base de cangrejo y mezclado con otros ingredientes. El color es bastante feo, pero si te gusta el cangrejo te encantará. A mí no me gustaba el cangrejo, así que no triunfó mucho para mí.

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Playa de Tofo

Y así, la comida se alargó hasta que se hizo de noche (recordad que allí anochece a las 17:30 en invierno) y tuvimos que poner rumbo a la siguiente cita gastronómica: el asado argentino en las cabañas… Os podéis hacer una idea de cómo terminó el día, ¿no?

¡Gracias por leer! En el siguiente post nos espera el día 4 de la aventura, salimos de Todo poniendo rumbo a Vilankulos, un paraíso con todas sus letras. ¡Suscríbete para estar al tanto cuando se publique!

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Empieza la aventura: Maputo – Inhambane – Tofo (Día 2)

19104646180_4f43df07cd_z Como en Mozambique las distancias son largas y para llegar a Inhambane tardábamos unas 7 horas en coche desde Maputo, teníamos la intención de coger pronto la carretera…

En invierno, la vida en la ciudad comienza muy pronto, ya que amanece en torno a las 6:30 y se hace de noche sobre las 17:30. Nosotros, no sin gran esfuerzo, conseguimos ponernos en marcha a las 8:30, después de un gran desayuno bajo la acacia. Todo un lujo empezar así el día.

Salir de Maputo lleva su tiempo y, a medida que vas acercándote a las afueras ves cómo el paisaje comienza a ser más y más descuidado. Más caos, más desorden, más barriadas… Por otro lado, moverse por Mozambique es bastante fácil. Una sóla carretera ‘nacional’, la EN-1, transcurre casi paralela a la costa por el sur. Es la única carretera en condiciones, así que mientras tus destinos se encuentren cerca de ella no hay lugar a pérdida. En contra de lo que nos imaginábamos (primerizos en África), el estado de la carretera es bastante bueno, aunque una vez la abandonas puedes encontrarte de todo: carreteras en peor estado, o directamente caminos de tierra y arena.

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Imagen de lo que nos esperaba este día

Dicen que uno de los mayores problemas que tiene el país es la policía, que es muy corrupta y a la mínima oportunidad te para e intenta sacarte un soborno (más adelante aprendería que allí, la propia policía se refiere a él como un refresco, cosa que hay que saber no sea que te pidan un refresco y vayas a ofrecerles coca-cola). Nosotros, aunque en el viaje vimos muchos controles, únicamente nos paró uno una noche para intentar colarnos que íbamos a 106 km/h en un lugar de 60 km/h, a lo que nuestra conductora respondió que era imposible y que enseñaran la foto (que no tenían), con lo que no insisitieron más y nos dejaron pasar. (Esto lo escribía a día 4 de viaje, todavía nos esperaba una sorpresa más con la policía, aunque la Sara de ese día no lo sabía)

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¿Veis la casa pintada de rojo? Había miles así, mientras el resto estaban ya sin pintura. ¿Os imagináis por qué las rojas eran las únicas recién pintadas?

Por otro lado, una de las cosas que me gustó es el código de hermandad que había en la carretera, y es que entre los coches se van haciendo señas para avisar de la policía. Así si un coche que nos venía de cara, hacía parpadear las luces del coche sin ninguna razón aparente, normalmente significaba que la policía andaba cerca y que fueses con cuidado. ¿Y por qué la policía es tan corrupta? He aquí la gran pregunta…. Se ve que la historia está en que cobran muy poco, así que aprovechan al máximo los sobornos para poder completar su sueldo y ganar más a final de mes.

Pero bueno, volvamos al viaje. Durante el camino hicimos solo dos paradas. Una para probar las ‘chamusas‘, unos triángulos fritos que suelen estar rellenos de carne, pollo (frango) o verduras (¡Qué buenos estaban, se me hace la boca agua de recordarlos!), y la segunda en la carretera para comprar ‘castanhas’ (lo que vienen siendo anacardos, de toda la vida). Esta compra la hicimos parando en mitad de la carretera ante un hombre que había hecho de un árbol su mejor escaparate.

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Niños caminando por el arcén de la principal carretera del país.

Otra de las cosas que llama la atención al desplazarte por la carretera, es toda la vida que hay alrededor de ella. Durante todo el camino y fuera la hora que fuera, no dejamos de ver vendedores en el arcén y gente andando, muchísima gente. Cuando pasabas cerca de un colegio, por ejemplo, durante los siguientes km era imposible no ver niños con sus mochilas (algunas más grandes que ellos) y sus uniformes.

Otra cosa que me llamó la atención fueron los pequeños pueblos que te encontrabas divididos por la carretera. O igual no estaban divididos, sino que habían crecido así porque igual que algunos pueblos viven en torno al mar, estos vivían de la carretera.  La vida en ellos parecía girar completamente en torno a los coches y chapas que se decidían a hacer una parada allí.  En el momento el coche se paraba, todo el pueblo se activaba y la gente salía de su quietud y corría a venderte lo que fuera: allí estaba la vendedora de maracuyá con el cubo sostenido con la cabeza, ahora llegaba el niño que se escurría hasta plantarse el primero de todos vendiendo pan, ‘¡Amigo, amigo!’ decían y así transcurría la vida, hasta que la gente de paso seguía su camino y el pueblo volvía a su quietud habitual, a la espera del siguiente coche.

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Pueblos de la carretera

Y fue de esta manera, tras muchas horas, mucho coche y muchas palmeras, que llegamos por fin a Inhambane. Vivir en una ciudad con mar como Valencia hace que valores mucho este elemento allá donde vayas. Inhambane tenía mar. Era una ciudad tranquila, pequeña y ordenada (al menos más que Maputo) de carácter colonial que no tuvimos mucho tiempo de visitar porque eran las 16:00, no habíamos comido, iba a hacerse de noche y nuestro destino final era llegar a Tofo, para el que aún faltaban 20 -30 minutos. Así que tras recoger mosquiteras y mantas para el lugar donde íbamos a quedaros a dormir, nos fuimos a Tofo y de paso comimos-merendamos.

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Destino final: Tofo y cerveza 2-M

Llegamos por fin a Tofo con las últimas luces del día. Si decía que Inhambane tiene el mar, Tofo tiene la playa. PLAYA, con mayúsculas (aunque todavía tendría que ver la de Bazaruto para darme cuenta que las mayúsculas no tocaban en este post). De todas formas esta entrada empieza a ser un poco larga así que mejor si la playa de Tofo la dejo para el próximo día. Hoy me quedo recordando los ‘camaraos’  (gambas) a la piedra y las pizzas. ¡Ah! Y la siesta bajo las estrellas.

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Tofo, ¡por fin!
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¿He dicho que Tofo tiene playa? 😉
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Playa de Tofo
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Y más playa
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Camaraos a la piedra.
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Sí, los puntos que se ven no son de tu pantalla.. ¡son estrellas! Ahora solo he de aprender a hacerles fotos =)

¡Hasta la próxima! =)

¡Ah! Y si te has quedado con las ganas de saber por qué son rojas las casas recién pintadas de Mozambique, sigue leyendo por aquí.

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Maputo lo serás tú (día 1)

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¿Que cómo es Maputo? La primera impresión que tuvimos al aterrizar es que Maputo era oscura (el que fuera de noche ayudaba a esa concepción). Y era caos. Y desorden. Y tráfico, mucho tráfico y mucha gente. Gente por todos lados caminando por calles sin asfaltar. Un lugar a mitad camino entre los pueblos de España hace más de 70 años y la masificación de gente y la vida típica de una gran ciudad.

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10 días en Mozambique y Parque Kruger.

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Por fin de vuelta de Mozambique, aquí empieza una serie de todo lo que hemos vivido por allí en estos 10 días. Han sido 10 días muy intensos, de ese tipo de vacaciones que cuando acaban aún necesitas días para descansar de las vacaciones mismas. ¡Aquí tenéis el recorrido!

Continue reading “10 días en Mozambique y Parque Kruger.”

Preparando la próxima aventura: Mozambique.

beaches-mozambique-medjumbe-island-deserted-beach-rani-resorts-b¡Hola! Perdón otra vez por el abandono. Dicen que cuando tienes un blog y quieres hacerlo bien, una de las cosas más importantes que debes mantener es la constancia en las publicaciones, yo acabo de matarla. ¡Casi 2 meses sin escribir nada! Podría ser peor, pero bueno, parece que ya estoy de vuelta con la tesis terminada y muchos posts retrasados por escribir.

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